Ir al contenido principal

Femineidad bíblica - Primer encuentro de mujeres 2019



Femineidad bíblica
¿Quién soy?
La respuesta a esta pregunta nos lleva indefectiblemente a hablar de la “identidad”.  Según la definición del diccionario, identidad se refiere al grupo de rasgos y características propias de una persona que la hace diferente a los demás. Es la conciencia que la persona tiene de sí mismo, diferenciándose del otro. Nuestro nombre y apellido, nuestra historia familiar, la nacionalidad, la cultura que nos rodea, son elementos que construyen lo que somos.
Ahora bien, la hija de Dios, al creer en Él, es una nueva criatura con una nueva identidad. Pablo nos dice “Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí…” (Galatas 2:20). El apostol Pablo abandonó su vieja identidad, que ante los ojos del pueblo hebreo le daba una gran reputación, para servir al Señor: “Si algún otro cree tener motivo para confiar en la carne, yo mucho más: circuncidado el octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo; en cuanto al celo, perseguidor de la iglesia; en cuanto a la justicia de la ley, hallado irreprensible. Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por quien lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo, y ser hallado en El.” Filipenses 3:4-9.
Sí, al estar en Cristo, debemos mirarnos a nosotras mismas, no conforme a nuestro pasado sin Él, sino como hijas de Dios, creadas y salvadas con un propósito. Conocer la Palabra de Dios, obedecerla, y cultivar una profunda relación con Él, afirmarán nuestra identidad en Cristo e iremos despojándonos de todo aquello que es basura. Sin embargo, el mundo, con sus filosofías e ideologías argumentadas por el diablo y el hombre caído, presiona y se filtra en la mente del creyente para crear falsos cimientos de identidad. La imagen, los objetivos, las metas, los deseos y la autovaloración que dan respuestas a las preguntas como: ¿Quién soy?, ¿Cuánto valgo como persona? ¿Quién quiero ser?, y demás, pueden basarse en valores e ideologías que esta sociedad impone y que son totalmente opuestos a los fundamentos que Dios da a sus hijos. Actualmente, el feminismo es un movimiento que busca deconstruir la identidad de la mujer para generar una nueva, y para ello ataca los valores cristianos y principios bíblicos. Debemos estar atentas para no caer en su molde.

Un poco de historia
A comienzos del siglo XX, las sufragistas con su búsqueda de lograr que la mujer pudiera ejercer el derecho al voto inician un camino en donde el feminismo posterior encuentra huellas. Avanzando en otras áreas, las mujeres comienzan el reclamo legítimo para poder ingresar a las universidades por un grado académico, para obtener el derecho a administrar y conseguir propiedades, etc. Sin embargo, en los años ‘70, surge la ola cuyos postulados involucran otros aspectos de la vida y son totalmente opuestos a los principios cristianos. El feminismo busca redefinir y reinterpretar la psicología, la lingüística, la maternidad, la sociología y la sexualidad desde su perspectiva e ideología; replantea el rol de la mujer dentro de la sociedad atacando el concepto del matrimonio, de la familia y la función del hombre y la mujer en el hogar.
Simone De Beauvoir fue una escritora, profesora y filósofa francesa. Una de sus principales precursoras de esta etapa feminista escribe: «la mujer debe descubrirse y definir su existencia en una sociedad dónde el hombre la ve como un objeto dependiente, coartando su trascendencia y limitándola a la trascendencia del hombre. Son un medio para el fin de los hombres».
En su libro, El segundo sexo (publicado en el año 1949) tiene afirmaciones como: «Ahora creo que la familia debe ser abolida.», «No se debería permitir que ninguna mujer se quede en casa criando a sus hijos.», «Mientras la familia, y el mito de la familia, y el mito de la maternidad no sean destruidos... las mujeres seguirán estando oprimidas». Con su reflexión: «La mujer se hace, no se nace”, anula la parte biológica como determinante de la identidad sexual. Considera que lo que hace que una mujer se vea como tal, no es su cuerpo, sino toda la estructura social y cultural que la rodea y le dice lo que tiene y no tiene que ser (estereotipos). La mujer debe ser liberada de los parámetros sociales que considera autoritarios y retrógradas por imponer ideales de masculinidad y feminidad en forma arbitraria.
Shulamith Firestone, escritora feminista estadounidense, en “La dialéctica del sexo” (publicada en el año 1970) escribe que el amor es el "eje de la opresión femenina" porque implicaba la dependencia de las mujeres de los hombres. El "corazón de la opresión de las mujeres" es su papel en "la maternidad y la crianza de los hijos". Hay que “emanciparse del ideal moral del amor y de las realidades biológicas del sexo que culminan en la maternidad” para liberar a las mujeres. Para que las mujeres sean libres, la reproducción tiene que ocurrir fuera del cuerpo (por ejemplo, con la clonación); para ser libres de la maternidad, la crianza de los niños debe que ser colectivizada, el sexo tiene que estar separado de la procreación y del amor, realizado sólo por placer.
Betty Friedan, periodista estadounidense que escribió “La mística femenina”, también ve al matrimonio y a la familia como un método de anulación de la mujer. Una vida centrada en la maternidad es para las mujeres "una muerte en vida" y un "horror", por lo que la madre y esposa están "cometiendo una especie de suicidio". Según ella, este papel está "enterrando vivas a millones de mujeres americanas", incluso llega a afirmar que "las mujeres que se 'adecuan' al papel de amas de casa, que crecen deseando ser sólo 'un ama de casa', corren el mismo peligro que las millones de personas que murieron en los campos de concentración, y los millones más que se negaron a creer que los campos de concentración existían".
Otro postulado feminista es que el instinto maternal no existe, sino que ha sido totalmente diseñado para beneficio del hombre y es socialmente inoculado desde la niñez a través de los juguetes, los juegos, la ropa, los cuentos, las historias familiares, los programas de TV, etc. La mujer debería ser libre para elegir si quiere o no ser madre y, en ejercicio de ese derecho, justificaría la legalización del aborto.
El discurso de la famosa actriz Glenn Close, en la entrega de los Oscars, catalogado como emotivo y defensor de la mujer, habla de su madre, que ha llevado adelante un hogar con hijos y que llegando al final de sus días concluye que “no hizo nada en la vida”.
La ola feminista, bombardea y se expande, desde lugares estratégicos y de diferentes maneras: la educación, los medios de comunicación, las leyes e incluso los gobernantes. Toda la sociedad se mueve bajo estos hilos ideológicos; películas, series y publicidades muestran a mujeres heroínas, desafiantes o sufrientes, y esclavas de sus hogares. Esta es la visión que da el feminismo… tan distinto a la visión de Dios.

El feminismo: una distorsión de la masculinidad y la femineidad bíblicas
Con el empeño de igualar a la mujer con el hombre, el feminismo distorsiona la femineidad, masculinizándola cada vez más. Niega, o minimiza, las diferencias biológicas con el hombre. Trata de imponer un nuevo modelo de masculinidad, ya que el hombre protector, proveedor y cabeza de la familia es considerado “machista” y “tóxico” para la mujer. Con una actitud defensiva y prejuiciosa, analiza los comportamientos masculinos e interpreta cada cosa que dice o hace como una forma de sometimiento. Lo que antes era amabilidad o caballerosidad, ahora se considera sexista (por ejemplo: abrir la puerta, correr la silla o pagar la cuenta). “Te paso a buscar”, “te llevo”, “te espero porque la calle está muy peligrosa” son ahora expresiones micromachistas porque lo muestran a él como un súper héroe y a la mujer como una damisela en peligro.
En oposición a esto, cuando la mujer de Dios busque con quién formar su hogar, deberá buscar características masculinas bíblicas. Un hombre que en su carácter refleje a Cristo, que se sacrifique, que sea responsable, generoso, protector y amoroso. Sólo entonces su femineidad se desarrollará complementándose con éste a su lado (ver Efesios 5:22-33, 1 Pedro 3:7 y 1 Corintios 11:3). La mujer no debe considerarse como relegada a un rol de segunda clase, aun si su esposo la hace sentir de esa manera. El valor de ella viene de Dios y no de los hombres. Como mencioné anteriormente, nuestra identidad no debe basarse por la forma en que la sociedad machista, o quizás feminista, nos cataloga, haciendo que nuestra vida sea una lucha constante para hacernos valer ante el hombre o buscando un poder igual. Nosotras no necesitamos poder del mundo o del hombre, sino que conocemos que el poder es del Señor, cuando estamos en su voluntad, cuando nos humillamos y cuando nuestra confianza está en Él. El Señor nos dice en su Palabra: “… mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 2:19). Nosotras no necesitamos el reconocimiento de los hombres o del mundo, porque sabemos que eso es vanidad. Servimos a nuestros Señor y Dios, y de él recibiremos la recompensa. El mayor objetivo de una mujer es buscar la gloria de Dios; en 1 Corintios 10:31 leemos: “... hacedlo todo para la gloria de Dios”,

Más que aspirar a una imagen de fuerza e independencia femeninas, debemos reflejar el carácter bíblico que Dios demanda de nosotras:
  • Temerosas de Dios: “La mujer que teme al Señor, ésa será alabada” Proverbios 31:30.
  • Cuidadosas de nuestra vida interior: “Vuestro atavío no sea el externo […], sino el interno, el del corazón…” 1 Pedro 3:3-4ª.
  • Humildes y amables: “… espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante de Dios.” 1 Pedro 3:4.
  • No ser groseras, irrespetuosas y contenciosas.
  • Sumisas, respetando al hombre o dispuestas a colocarnos bajo autoridad cuando corresponda: por ejemplo, jefes, compañeros de trabajo o facultad, líderes de la iglesia, etc. (ver 1 Timoteo 2:12 y Efesios 5:22-24).

Seguimos ese llamado a dar gloria a Dios, obedeciéndole y dando testimonio a través de nuestro andar diario, en todas las áreas de nuestra vida, relaciones, responsabilidades y oportunidades que el Señor nos da, como solteras o casadas, pero siempre como mujeres bíblicas. Mantener nuestros ojos en Cristo, poner la mirada en ese llamado, será un amortiguador contra las presiones culturales y espejismos ideológicos. La libertad para las mujeres no está dada por la autosuficiencia económica, una profesión, la fuerza y destreza física, un carácter desinhibido y agresivo frente al hombre o una independencia exitosa. Nuestra cultura ve la libertad como el no someterse a autoridades ni restricciones. Sin embargo, la Biblia nos habla de otra libertad: la del Evangelio, es decir, la libertad del pecado para poder vivir acorde al diseño que Dios preparó para la mujer, un diseño donde es valorada y creada en igualdad al hombre en cuanto dignidad y semejanza a Dios, pero diferente, aunque no inferior, en referencia a su rol.
Por último, las mujeres cristianas no debemos dejarnos seducir por el discurso feminista que infla nuestro ego, sino que debemos recordar dónde está nuestra valía: no en nuestra “independencia”, ni en nuestro intelecto o méritos, ni en nuestro aspecto, sino únicamente en Cristo. En Colosenses 3:3 leemos: “… vuestra vida está escondida con Cristo en Dios”; nuestra identidad está allí.  No importa dónde estemos, ni para quien trabajemos, ni la posición o el estado civil que tengamos, lo que nos da valor eterno es lo que somos en Cristo, lo que nos hace libres es el evangelio, y lo que nos da poder es Su Espíritu.
Ya que han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha de Dios. Concentren su atención en las cosas de arriba, no en las de la tierra, pues ustedes han muerto y su vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, que es la vida de ustedes, se manifieste, entonces también ustedes serán manifestados con él en gloria.
Colosenses 3:2-4

Escrito por Norma Vittar - Primer encuentro de mujeres 2019.

Comentarios